Mark miraba fijamente al techo a las 3 AM, incapaz de dormir.
Había estado tosiendo de nuevo.
Esa tos profunda y rasposa que parecía venir de algún lugar oscuro dentro de su pecho.
Su esposa había dejado de preguntar si estaba bien.
Ella solo lo miraba con esa expresión, la que mezclaba miedo con algo que se veía dolorosamente cerca de la decepción.
Él tenía 47 años. Había fumado durante 26 años.
Y por primera vez en su vida, estaba genuinamente aterrorizado.
No de dejar de fumar. Él había intentado eso docenas de veces.
Los parches que hacían que su piel picara.
El chicle que hacía que su mandíbula doliera.
Las pastillas recetadas que le daban pesadillas tan vívidas que tenía miedo de cerrar sus ojos.
No, lo que aterrorizaba a Mark era algo mucho peor.
Él tenía miedo de lo que ya se había hecho a sí mismo.
Cada vez que subía un tramo de escaleras y sentía sus pulmones ardiendo...
Cada vez que pescaba un resfriado que persistía por semanas porque su cuerpo no podía combatirlo...
Cada vez que veía una historia de noticias sobre cáncer de pulmón y sentía su estómago caer...
El mismo pensamiento resonaba en su mente: "¿Qué pasa si ya es demasiado tarde?"
¿Esto suena familiar?